A principios de los años 90, la promesa era seductora: el “mundo digital” nos liberaría del peso del papel y democratizaría el acceso a la memoria. Quienes vivimos la llegada del primer computador de escritorio a la oficina, quienes escuchamos el chirrido del módem conectándose a la naciente world wide web y escribimos memorandos en editores de texto bajo sistema DOS, creímos que estábamos inaugurando una era de orden eterno.
Sin embargo, tres décadas después, nos enfrentamos a una realidad paradójica. Hemos pasado de la escasez de espacio físico a una obesidad digital que, lejos de preservar nuestra historia, la está sepultando. Como líderes, a menudo gestionamos la información para el auditor que vendrá el próximo mes o para el cierre fiscal de fin de año. Pero la pregunta que define la verdadera estatura de un estratega es otra: ¿Qué podrá leer el historiador costarricense en el año 2076 sobre las decisiones que tomamos hoy?
La arqueología del vacío: Lo que perdimos entre WordStar y la IA
La tecnología ha avanzado a una velocidad que nuestra conciencia sobre la preservación no ha logrado igualar. Es una ironía dolorosa: es más fácil leer hoy un papiro de hace dos mil años o un acta municipal en papel de 1920, que recuperar un informe estratégico guardado en un disquete de 3.5 o escrito en WordStar hace apenas 25 años.
Muchos de esos documentos, que contenían la esencia del pensamiento corporativo e institucional de los años 90 y principios de los 2000, han desaparecido. No por un incendio, sino por algo más silencioso y letal: la obsolescencia técnica y la falta de curaduría. Quienes trabajaron esos archivos no pensaron que el soporte moriría, pero sobre todo, no consideraron que la información tenía un valor de “mensaje en la botella” para el futuro.
Hoy, en 2026, con la Inteligencia Artificial generando volúmenes de contenido sin precedentes, corremos el riesgo de acelerar este vacío. Si no somos capaces de estructurar la información con un sentido de trascendencia, estamos condenando a las futuras generaciones de líderes a un pasado sin contexto, a una historia sin evidencias.
La ética del archivo como un deber de Estado
La gestión documental no es una tarea administrativa; es un acto ético. En Costa Rica, un país que se enorgullece de su institucionalidad, el archivo debe ser visto como un activo de soberanía pública. Guardar información no es acumular bits y bytes; es custodiar los valores de lo que somos, cómo pensamos y por qué actuamos.
Un líder que no se preocupa por la integridad y la recuperabilidad de su información está, en la práctica, borrando sus huellas. La responsabilidad intergeneracional nos dicta que:
La información tiene un valor legal y económico, sí, pero su valor más alto es el histórico-identitario.
La tecnología es el medio, no el fin. Los modelos de IA de hoy serán las reliquias del mañana. Lo que debe permanecer es la estructura del dato y la claridad de la intención humana detrás de él.
La transparencia actual es la verdad del futuro. Sin archivos estructurados, el pasado se vuelve sujeto a la manipulación o al olvido.
El rol del Curador de Futuro: De la gestión a la trascendencia
Necesitamos pasar del archivista reactivo al Curador de Contenidos Estratégicos. Este rol no se limita a clasificar carpetas en la nube; se dedica a diseñar modelos estructurados que garanticen que la información sobreviva a los cambios de plataforma.
El Curador de Futuro entiende que la “oficina sin papeles” no se trataba de eliminar el papel, sino de elevar la calidad del pensamiento que se registra. En plena era de la automatización, el reto es inyectar criterio humano en el proceso. No podemos permitir que la IA decida qué es importante conservar; esa es una prerrogativa exclusivamente humana que define nuestra responsabilidad con quienes liderarán el país dentro de 50 años.
“La arqueología del futuro no se resuelve con más capacidad de almacenamiento, sino con más capacidad de reflexión sobre lo que merece ser recordado”.
Una propuesta de acción para el líder visionario
No tenemos más tiempo para postergar esta tarea. El ritmo vertiginoso de la variedad de datos que generamos hoy exige que cada decisión administrativa sea tratada como un documento histórico en potencia.
Si usted desea dejar un legado que trascienda su periodo de gestión, empiece hoy mismo por transformar su política de información. No busque solo eficiencia inmediata; busque permanencia. Exija que sus sistemas de información no sean cajas negras, sino puentes legibles para el siglo XXII.
Propuesta de acción: Inicie una auditoría de “legibilidad a largo plazo”. Pregunte a su equipo técnico: Si hoy fuera el año 2076, ¿podríamos abrir y entender los fundamentos de esta decisión estratégica? Si la respuesta es dudosa, usted no está gestionando información, solo está acumulando ruido.
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